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Un pingüino enamorado [PRIV. Irma Stockholm]

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Un pingüino enamorado [PRIV. Irma Stockholm]

Mensaje por Oswald C. Cobblepot el Miér Oct 09, 2013 3:03 pm

Al fin la he encontrado, madre—El tono de voz de Oswald se notaba diferente, muy distinto a la seriedad e ira que usualmente desprendía. Esta vez, el tono del Pingüino era tenue y delicado, encontrándose dibujada una sonrisa en sus finos y arrugados labios.

La razón del buen humor del actual cabeza de la familia Cobblepot era debido a que se encontraba con su madre, la única persona que ha querido y que, de la misma forma, le ha devuelto el amor. Fue la única persona que le había apreciado tal y como era... Al menos, cuando podía vivir por si misma, y es que desde hacía ya unos años, la mujer había entrado en un estado vegetativo por su notable edad, no respondiendo ya a ningún estímulo. Aun así, agradecido por el amor que su madre le había dado durante todos aquellos años de su niñez, Oswald continuaba visitándola como mínimo dos veces por semana para conversar con ella, contándole todas las novedades de su vida-pero dándole una buena pincelada de "alegría y felicidad", claro esta-. En cambio, aquel día, el estar con su madre no era la única razón por la cual el moreno de baja estatura se encontraba rebosante de felicidad y energía, sino también un encuentro que se llevó acabo unas noches antes.

Oswald, sentado justo delante de su madre-la cual se encontraba en una silla de ruedas vestida con un camisón blanco, dejando de esta forma a la vista sus extremidades excesivamente delgadas y llenas de arrugas-, sonreía amplia mente, clavando sus pequeños ojos negros en los orbes vacios de vitalidad de su madre mientras que con sus pequeñas manos enguantadas agitaba una bola de nieve que contenía la figura de un niño bailando con una mujer adulta.

Su nombre es Irma y es asombrosa.


DOS NOCHES ANTES...


Oswald observaba fijamente el exterior de su limusina a traves del cristal tintado de negro, plasmándose en su rostro la seriedad que siempre mostraba, aquella expresión de pocos amigos que le precedía. Simplemente, veía en Gotham la misma miseria de siempre; la ciudad que era el retrete de los Estados Unidos, a la cual llegaba lo peor de la humanidad para habitarla. La Diana y la "ciudad de las oportunidades" para todo criminal y demente. No hacía falta más que mirar las personas que se encontraban por las calles: Prostitutas, camellos, ladrones... Y por más que le gustase negarlo, El Pingüino se veía plasmado en aquella alcantarilla de ciudad, lo cual le asqueaba todavía más.

Pero, entonces, una pequeña chispa se encendió en el oscuro y retorcido corazón-el cual, las malas lenguas dice que está congelado- de Oswald: Una chica, una joven chica de ondulada melena pelirroja y de piel completamente blanca. La chica caminaba a paso ligero y con varias carpetas entre sus brazos. Solo mirarla de reojo consiguió que el hombre de baja estatura y cuerpo voluminoso se quedase embobado observando la grácil marcha de la desconocida.

Bruno, para.—Ordenó el Pingüino apurado, frenándose la limusina negra en el momento en que el chófer escuchó la orden de su jefe.

Tras ver que su orden había sido respondida, Oswald volvió a dirigir de nuevo sus pequeños y hundidos ojos redondos como pelotas de ping-pong, dibujándose una media sonrisa en sus finos labios, la cual consiguió que las arrugas del rostro pálido del actual cabeza de la familia Cobblepot se hiciesen notar todavía más. Pero, al ver lo que estaba transcurriendo en el exterior de su lujoso y cuidado vehículo, la sonrisa quedó borrada por completo.

Dos hombres de atlético cuerpo-seguramente se tratarían de atracadores por su vestimenta ancha y desaliñada-habían acorralado a la joven desconocida contra la pared. Aquella escena despertó al caballero andante que Oswald escondía en el fondo de su ser, saliendo acto seguido este del automóvil sin vacilar ni un momento, aferrando con fuerza el paraguas que tenía en el interior de la cabina. Lo único que se le pasaba por la cabeza al enfurecido Oswald en aquel momento era en rescatar a su repentina "princesa".

Y así lo hizo, golpeando con fuerza la flexión de las rodillas de uno de los asaltantes cuando se encontraban de espaldas a él. Por la forma en que el chico se tiró al suelo de rodillas mientras gritaba de dolor-al igual que también se podía ver en la curvatura que se había formado en el, ahora, paraguas roto-, se dejaba entender que Oswald se había ensañado con aquel único golpe.

¡Maldito gilipollas!—El compañero del herido se giró con rapidez hacia el magnate mientras sacaba su naranja mariposa, mirando con odio al agresor—Te voy a cortar los jodidos hue...!

No terminó la palabra. Simplemente, no podía hacerlo tras ver de quien se trataba. No había habitante de Gotham que no conociese al Pingüino y sus retorcidos métodos de llevar al suicidio a toca persona que se reunía con él. Simplemente, dejó sin terminar la frase, tragando saliva para poder cerrar su boca entreabierta justo antes de agarrar a su colega y salir corriendo del lugar. Oswald Chesterfield Cobblepot sabía que le temía, estaba orgulloso de haber incluido su nombre en la historia de aquella ciudad ya que todo el esfuerzo y tiempo que había dedicado a levantar su leyenda había merecido la pena.

¿Se encuentra bien, señorita? ¿Le han hecho algo esos bándalos?—Tras comprobar que los matones ya se encontraban a cincuenta metros, el Pingüino pasó a preocuparse por la pelirroja desconocida, tomándola de la mano con sus cortos y anchos dedos-que, más que a unos dedos, se parecían más a las ubres de una vaca-, clavando sus preocupados ojos negros en los celeste de la joven—No se preocupe, he venido a socorrerla. Mi nombre es Oswald.
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Oswald C. Cobblepot
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